jueves, febrero 24, 2005

Dos tortugas a pensión

Mi asesora de tesis ha resuelto irse a impartir unas clases a París y aunque mi examen profesional es todo lo que falta, su presencia en el rito de paso es aparentemente indispensable. Esto quiere decir que tal vez me titule un par de meses más tarde…en cualquier caso, otro efecto colateral de semejante empresa tiene que ver con las mascotas de su hija: Dos tortugas verdes que sufren de congelamiento. Mi pareja volvió a ser el vehículo de entrada y entrega de los citados engendros, que profetizo serán algo más grandes y molestas cuando se las regrese a mi asesora. Ya las acomodé en su pensión y han tomado posesión de unos charales que mi propio monstruo había guardado para después…A ver cómo se llevan al cabo de unos días.

viernes, febrero 11, 2005

Ay de aquel que decida cuidar realmente a una tortuga...


Las tortugas "japonesas", esos tiernos engendros verdes que tanto gustan a los chiquillos y chiquillas, no suelen crecer demasiado: Mueren de frío o de hambre en manos de sus entusiastas dueñ@s...naturalmente como tardan tanto en fallecer, proporcionan durante su larguísima agonía (que suele durar meses o años) la ilusión de ser genuinas mascotas.

A tiempos sobreviven consumiendo un polvo que despide olor a pescado mientras vegetan en charolas de plástico azul, frecuentemente coronadas por una palmerita de polietileno. Sus ojos se abultan y asemejan grandes costras blancas en invierno, por lo que no consumen ni las croquetas para anfibios: Su boca se queda neciamente sellada ante los dedos curiosos de los niños. En ese estado son como un orgulloso deprimido, herido de muerte pero en una estabilidad rotunda hasta el final: Se niega a perturbar el entorno con las ondas de choque de su íntimo Treblinka.

Yo consideraba que las tortugas que tuve a mi cargo cuando chico habían sido mascotas bien cuidadas, pero descubrí la verdad cuando me encontré a dos tortugas abandonadas dentro de una maceta hace años. Pensando que si no estaban muertas, pronto lo estarían, me las llevé a mi departamento y sin más trámite las boté en mi pecera tropical. Sorpresa. Al cabo de un par de meses habían doblado su tamaño, acabando en el proceso con todo rastro de mis peces y de las plantas de ornato. Así fue como la pecera se convirtió rápidamente en una "tortugavisión", frente a la que contemplaba absorto la transmutación de las otrora adorables criaturitas en unas aspiradoras industriales de peces, plantas y lo que fuera... acabé alimentando a las neofieras con charales secos y a tiempos confundían mis dedos con la comida. Creo que por eso en aquella época no me compré una tele para matar insomnios...

Adquirí filtros internos para controlar la hecatombe ecológica que se apoderó de la "tortugavisión", pero aún así tuve que cambiar el agua con mucha frecuencia para evitar que mi domicilio oliera a desagüe de tortería. Resolví dejarlas deambular por el departamento en la noche cuando crecieron más, y aprendí a familiarizarme con el "clac clac clac" que hacían al caminar una detrás de otra. En aquel tiempo dormía con un colchón en el suelo por lo que, atraídas por el calor, era frecuente que yo sufriera de invasiones verdes en la noche. Una vez tuve la osadía suficiente para desenterrar a una de ellas de mi madrugada, con el previsible resultado de una mordida en plena mano.

Empero, a pesar de que resultaron ser más problemáticas de lo esperado, desarrollé un cariño filoso por ellas: Concha bonita y Ceño fruncido fueron sus nombres y no dudaban en orinar a los extraños visitantes que se atrevían a levantarlas del suelo. Murieron de una forma espantosa.

Ahora después de casi cuatro años, la mujer que amo depositó el destino de otra pequeña tortuga verde en mis manos. Su regalo incluía una tina de plástico azul y dos bolsas de charales secos.

Está creciendo y tiene mal humor.